sábado, 6 de agosto de 2011

El populismo o el engaño agazapado

En los ’80 al gobierno del ex presidente Raúl Alfonsin los sectores más concentrados y políticamente establecidos en el centro derecha lo tildaban de “socialdemócrata”. Ese mote actuaba como descalificativo. Buscaban la estigmatización y condena con una sola palabra. Para ese entonces, se veía a los funcionarios radicales que tenían que explicar que no era malo mantener esa posición política. Algunos otros simplemente negaban ser socialdemócratas, porque era considerado tener una peste terrible.

Esa condena, en el fondo, era una advertencia y una comunicación indirecta a toda la sociedad que sólo las ideas conservadoras en materia económica era la única solución que faltaba para salir adelante. Luego, una a una, todas esas políticas se vieron plasmadas en su totalidad en la década del ’90.

Los tiempos pasan, los gobiernos también, pero las mañas intelectuales continúan. Ahora desde esos sectores concentrados surgió el nuevo latiguillo: “populismo”. Un mote, nuevamente, que encarna la síntesis de la crítica de los sectores más concentrados a cualquiera de las políticas que emprende el actual gobierno

Sin dudas que la utilización repetitiva de la palabra populismo como algo condenatorio pretende establecer el absolutismo de la verdad. Por supuesto, de la verdad de ese sector. Si coincidimos con el filósofo italiano Gianni Vattimo, cuando señala que “ya no hay verdad absoluta” para regular nuestra vida democrática, entonces es necesario “para vivir en sociedad” buscar “una verdad democrática y no una autoritaria”.

Políticas y populismo

Para ser prácticos, hay que ver cuando se utiliza este calificativo para criticar a la Administración Kirchner. Por ejemplo, si se promueve una ley de tierras que impide la compra de una persona física o privada una importante cantidad de tierra, similar a la que tienen Brasil o Estados Unidos, los sectores de la oposición ven esta iniciativa como una vuelta al pasado, al populismo claro.

Si Francia, al cual consideran como un país serio, tiene un sistema jubilación pública, está perfecto. La iniciativa de desarticular el sistema de AFJP (un negocio para unos pocos, a palabras del banquero Jorge Britos, titular del Banco Macro), es una medida populista y estamos retrasados respecto al modelo chileno, donde está el sistema privado, pero injusto a la vez. La crítica no toma en cuenta que el 90% de las personas en condición de jubilarse tengan un haber mensual ni ser el país con mayor inclusión en toda la región.

Si la asignación universal por hijo siguiera siendo una expresión de deseo de Lilita Carrio, sería una propuesta interesante. Ahora que se aplica como política de Estado es una burda maniobra populista que alienta “la dejadez” y no crea una conciencia de trabajo. Rara está crítica, porque antes estos sectores reclamaban que hubiese un Estado “presente”, pero cuando está activo se lo ataca por “populista”.

Días pasados, un vocero de este sector acusó al gobierno de ejercer un populismo posmoderno al promover el consumo interno. Entonces, cabe recordar que los Estados Unidos es bastante populista porque el consumo interno es muy superior a sus exportaciones. Incluso algunos analistas norteamericanos sostienen que ni bien la gente pierda “el miedo por crisis” habrá un fenomenal repunte de consumo (fuente The Wall Street Journal).

También se ataca como una política populista cuando, al utilizar las herramientas que da el Estado, se induce a las automotrices compensar sus balanzas comerciales para equipar lo que importan con lo que exportan. A vista de los resultados, ninguna automotriz se retiró del país y, además, todas ya presentaron las inversiones necesarias para equiparar entre lo que importan y exportan.

Si coincidiría con estos sectores, si dijésemos que hacer populismo, por ejemplo, sería despilfarrar los 52 mil millones de dólares que hay de reservas en el Banco Central. Si un gobierno populista lo despilfarra estaría dejando las espaldas al descubierto para que una simple corrida bancaria le condicionara las más diversas políticas públicas. La historia nos enseñó que con reservas escuálidas los gobiernos asumen ideas que no son propias. Los ejemplos recientes son ejemplificadores: a Alfonsin cayó por un golpe económico (corrida bancaria mediante) y a Carlos Menem lo encuadraron en los dos primeros años. Los sectores concentrados (y su brazo financiero) saben que con 52 mil millones en el BCRA no pueden generar una corrida ni imponer política alguna al Gobierno.

En los manuales se indica que el líder de un gobierno populista designa un heredero de círculo íntimo. Las recientes designaciones en las listas de diputados nacionales como así también la elección del vicepresidente, es una instancia de trascendencia importante porque se vislumbra que un grupo de dirigentes mantendrán las ideas básicas de este gobierno más allá de que en lo máximo del poder no este el apellido Kirchner. Será interesante ver como las ideas o políticas implementadas hasta el momento trascienden a las personas.

Esta decisión es un paso de calidad política importante, pues el kirchnerismo no se pensó a si mismo como un modelo ni como corriente de pensamiento político. El kirchnerimso nació pragmático y se plasmó a través del ejercicio del Gobierno con las respectivas políticas de inclusión social y fortalecimiento económico. Con este cóctel se construyó la idea “del modelo”. Y qué es ese “modelo”: la acumulación de medidas acertadas que hizo que a los argentinos “le vuelva la autoestima” como dijo Lula Da Silva, ex presidente de Brasil.

Pero regresando al calificativo de “populismo” y sus propagadores, sería bueno dejarles la siguiente inquietud: respecto a las políticas de inclusión, de redistribución y de desarrollo económico que instrumentó la administración Kirchner tienen soluciones superadoras o, a partir del engaño y si vuelven al poder, piensan eliminarlas.

Enrique Octavio Mujica