martes, 16 de agosto de 2011

Elecciones: un cuento escatológico

Los muchachos de DiarioR me sugieren que escriba algo sobre las elecciones del domingo. No escribí nada sobre las elecciones, pero se me ocurrió hacer público el siguiente cuento que escribí hace poco más de una década.

LA COLECCIÓN

Nunca en mi vida había visto una colección más grande que aquella. El viejo había recorrido el mundo entero buscando nuevas piezas, cada vez más raras y únicas, porque como se sabe las colecciones son interminables y quien comienza con esta clase de acopio, emprende una condena que cargará de por vida. Pero lo importante es que su colección era admirable, enorme, compuesta por algunos elementos realmente antiquísimos. Me llamó la atención el de braquiosaurio, un animal que vivió hace 160 millones de años, y el coleccionista ahí, en un estante, tenía su sorete: el auténtico sorete de un braquiosaurio al lado del sorete de un diplodocus, ambos soretes grandes y estáticos, y ya por suerte con el olor fosilizado. La fila de soretes era interminable, los había de todo tipo de animales, desde soretes de cocodrilo del Nilo, hasta de libélulas del Amazonas, soretes de todas las clases y formas, miles de soretes de pájaros y de pequeños lagartos, soretes de peces, y sutiles soretes de gusanos. La colección continuaba atravesando siglos y territorios humanos, soretes de anónimos persas, y soretes de los papas del milenio primero a los que les seguían los soretes de reyes europeos que se veían espigados y orgullosos, altivos soretes que demostraban su procedencia imperial y soberana. En los estantes de abajo, había otros pequeños y humildes: soretes de obreros griegos quienes tal vez hubieran construído el Parthenón. Soretes tristes de pueblos sojuzgados por invasores, soretes de vikingos, brutales como sus ejecutores, soretes miserables hallados en la soledad de viejas cámaras de tormentos ahora junto a soretes alegres, palaciegos, soretes casi bailarines.

En una vitrina especial me señaló unos pocos soretes de santos, y hasta un sorete encontrado en Yizreel, cerca del Mar Muerto, que se presume -me dijo convencido- perteneció a un ángel del Señor. Un delicado y perfecto sorete adorado por hermandades secretas, luego robado a los templarios y finalmente comprado por el viejo coleccionista a un marroquí de Agadir.

La colección abrumaba. En el fondo, sin clasificar, y dentro de la única caja metálica, me mostró un sorete solitario. Me dijo que no se sabía nada sobre su origen, pero él estaba convencido de que si lograba descubrir de dónde venía, podría resolver varios dilemas: el de la edad del hombre, la naturaleza última de nuestra raza, y sobre todo, y me miró fijamente: el destino de la humanidad. Miré la caja y pensé en Dios por un momento, pero me pareció demasiada herejía.

–Porque todo está en estos soretes -me confesó y me salvó de aquel pensamiento- y antes de abrirme la pesada puerta para dejarme salir me dijo: usted comprenderá que sobre estos anaqueles está el tesoro más preciado que existe en el planeta: lo que sus criaturas producen por sobre todas las cosas, esta es la esencia, la substancia, la índole de lo que no-somos, porque si encontrásemos el modo de restarle a cada criatura del planeta su sorete, entonces tendríamos la magnitud exacta para calcular qué somos, quiénes somos, y para qué estamos acá.

Me despedí del viejo, y nunca regresé a ver su museo.

Es que la obsesión de los coleccionistas siempre me ha parecido patética y de un pésimo gusto.

PERRO QUE MUERDE

“CFK no está capacitada para gobernar, la sociedad se cansó de su autoritarismo y su soberbia, el país vive en el desorden, la inseguridad golpea a todas las clases sociales, la inflación corroe los ingresos populares, la corrupción ha llegado a niveles inauditos, pese a la favorable coyuntura internacional se está desaprovechando una ocasión única para el desarrollo, los derechos humanos son una cobertura para robar, el federalismo ha sido abolido a golpes de caja, la presidente está más atenta a los espejos que a las ventanas, los pocos colaboradores con quienes se comunica dicen que a ella no se le habla, se la escucha, los resultados de la Capital, Santa Fe y Córdoba son la primicia del derrumbe.”

Así comenzó su nota Horacio Verbitsky el pasado domingo, denunciando la agobiante sucesión de los supuestos males kirchneristas con que los medios opositores nos machacaron durante los últimos tiempos para intentar convencernos de que la materia inmunda y descartable puede tener algún sentido si se la utiliza como dispositivo inteligente.

Cuando escribí mi cuento sobre los soretes no lo calculé como una metáfora de algo, y menos como una parábola política. Pero hoy lo recordé pensando en las cosas que alguna gente colecciona. Pido disculpas a Verbitsky por no consultarlo antes de ubicar mi infame colección junto con la suya. Espero que sepa comprender mis motivos: que hace muchos años yo imaginé un coleccionista de mierda, que estaba convencido de que su colección podía cambiar el mundo. No sé cuántas otras coincidencias hay entre estas dos propuestas. Sí hay una diferencia: que mi coleccionista imaginario lo hace de estúpido, mientras que el coleccionista que Verbitsky pone en evidencia lo hace porque se cree vivo.

Pero la realidad esta vez fue más viva que todos.

Fuente: Por Carlos Barragan para Diario Registrado