sábado, 21 de abril de 2012

Medios, Ciudadanos y Democracia

Últimamente se ha puesto en debate la palabra “relato”, en verdad se ha estigmatizado el término desde las usinas de los medios dominantes como si el único relato existente fuera el de la Presidente Cristina Fernández de Kirchner o el de los medios de comunicación afines a su gobierno. Es decir, como si los medios que se oponen a la gestión gubernamental no tuvieran – aunque sea en decadencia -  uno propio y más aún, como si existiera una realidad “original” que luego se compara con una copia falsa. En efecto, “el relato” es una interpretación de los acontecimientos y es estimable para una democracia sólida, la existencia de múltiples interpretaciones. La complicación para la profundización democrática aparece cuando estas interpretaciones son agredidas o agresivas.

En los últimos años, desde ciertos sectores de la elite periodística, se señala que la libertad de la prensa argentina se encuentra jaqueada por la vocación autoritaria del gobierno nacional. Dicha premisa está inscripta en un diagnóstico perteneciente a cierto conjunto político-mediático que se opone al gobierno de CFK.
Para refutar esta aseveración, sólo es suficiente encender la radio, la televisión, o leer los diarios y descubrir críticas de todo tipo contra el gobierno kirchnerista.

De la misma manera se puede objetar el argumento del gobierno nacional que denuncia la hostilidad de la gran mayoría de los medios de comunicación del país: posteriormente al último punto de inflexión de la política argentina – el conflicto entre el gobierno nacional y las patronales agrarias – brotaron, con anuencia estatal, pero también de manera autónoma, voces anteriormente marginadas y nuevos medios de comunicación tendientes a desarrollar un discurso en sintonía con el gobierno.
Es decir, en los últimos años, hubo una modificación significativa respecto al escenario comunicacional argentino, que debería consolidarse con la aplicación del artículo 161 de la Nueva Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, que le exige a los medios de comunicación- que abusan de una posición dominante- desprenderse de algunas de sus empresas y de esta manera ajustarse a derecho.

Lo que si se distingue en el agora de los medios de comunicación y en las redes sociales, es un clima de agresión que se torna cada vez más insoportable. Una opinión o posicionamiento político, es factible de ser el centro de ofensas y agresiones de todo tipo: todos estamos bajo sospecha.

Actualmente se percibe que la agenda setting argentina está dividida en dos partes cada vez más simétricas, si se observa que ambos polos cuentan con la capacidad de instalar temas en la opinión pública. Este hecho plantea cuestiones ambivalentes. Es decir, es alentador que el mensaje mediático se encuentre cada vez menos monopolizado por los medios de comunicación hegemónicos con el grupo Clarín como abanderado. Pero el hecho de que existan dos polos principales, dificulta la tarea de encontrar mensajes que escapen a la lógica binaria y fundamentalmente, que por ese hecho, no sean sometidos a agresiones desde ambos polos antagónicos.
Dicho esto, no se pretende establecer una suerte de “teoría mediática de los dos demonios”, porque es menester considerar que la preocupación gubernamental por concebir nuevos espacios comunicacionales con discursos disruptivos, se originó luego de una avanzada destituyente por parte de sectores corporativos que incluyó en su núcleo fundamental a los grandes grupos comunicacionales.

El escenario actual plantea novedades en relación al ejercicio de la opinión. En principio, es saludable que lo consumido desde los espacios mediáticos sea sometido a una lectura crítica que procure identificar intereses velados.
Por otra parte, también es imprescindible que los comunicadores o los ciudadanos que desean dar a conocer sus posiciones políticas, lo hagan sin ningún tipo de autocensura y sin la sensación de intranquilidad por las agresiones – por parte de otros periodistas o ciudadanos -  a las que eventualmente pueden conducir lo expresado.

No obstante, cabe añadir que las tensiones percibidas en los medios de comunicación no son ajenas al evidente alto grado de conflictividad que históricamente se manifestó en las relaciones entre gobiernos y oposiciones en Argentina. Es decir, el conflicto es inherente a la cultura política nacional que estuvo plagada de conductas desleales por parte de las fuerzas políticas mayoritarias: la UCR  con la proscripción del peronismo y el PJ con sus alianzas junto a sectores militares para corroer gobiernos radicales. 

Al considerar viejas y nuevas tensiones, es posible poner de manifiesto que la democracia argentina ha dado muestras de madurez y consolidación en estos últimos años en relación al apego a las normas de la convivencia democrática, pero también – sobre todo durante los últimos diez años –  se observa una profundización democrática referente al plano de los derechos sociales. En este sentido, las reparaciones a las víctimas de la última dictadura militar, la nueva “Ley de medios” y la mejora en la redistribución del ingreso posibilitada por la intervención estatal en la economía, son algunos testimonios cabales de ello. También existen cuentas pendientes de vital importancia para un país con pretensiones de igualdad: condiciones para que las personas de sectores más vulnerables puedan viajar dignamente para asistir a sus trabajos, límites a la contaminación minera en las provincias del Noroeste argentino y leyes que garanticen el libre acceso a la información pública.

Actualmente predomina cierto discurso tendiente a reclamar fervorosamente posicionamientos políticos claros y sin fisuras. Asumir un posicionamiento político claro es importante siempre y cuando esta tendencia no estimule la presencia de un escenario donde resulte muy difícil manifestar disensos, aún dentro de ámbitos afines ideológicamente, porque esta situación, entra en conflicto directamente con la  profundización de la democracia, si se entiende por ello un proceso en el cuál inevitablemente se requieren y aceptan contrastes, debates y críticas.
Parece que tal desafío es el que se impone ahora ante la ciudadanía argentina, que disfruta de una democracia joven  - sólo treinta años – a la que debe seguir consolidando.

 Por Iván Tcach (CEA-UNC)

Fuente: Cafe Umbrales