Se ha vuelto harto recurrente y hasta sofocante soportar las apelaciones al diálogo que, escrituradas en las corporaciones concentradas, repiten sin vocación la dirigencia que se enfrenta al kirchnerismo. Sin agregación de valor a esa materia prima del "diálogo" donde nunca se sabe sobre qué ni porqué ni en calidad de qué ni con qué objetivos, el sonsonete se volvió fantasmagórico tras la eclosión -previa a las primarias- del Grupo Aea en diversos monotributos políticos que van desde el duhaldismo disidente de El Hijo De alfonsín al duhaldismo original de Eduardo Duhalde, pasando por la tristeza de Alcira Argumedo y Jorge Altamira, hasta, increíblemente, el Frente Anti Peronista de Hermes Binner.
Lo increíble de Binner se contrasta con la moderación de Alberto Rodríguez Saá para no repetir boludeces como el santafesino: Saá no es tan cínico de predicar con la bragueta abierta que hay que hacer lo que él no hace en la provincia que gobierna. Por el contrario, Saá promete hacer lo que sí hace en su provincia. Binner tiene pésima relación con su vicegobernadora, pero jamás se privó de elogiar al mamarracho institucional de Julio Cobos (cuando estaba alto en las encuestas), gobernó cuestionando al Senado de su provincia (muchas veces con justa razón) y jamás se reunió con ningún opositor y menos para tratar los decretos reservados que, por ejemplo, trasladaban cifras millonarias a Clarín, La Nación y la Mesa de Enlace a través de Expoagro o para entregar la impresión de la supuestamente maravillosa boleta única a una empresa que según él desconocía estaba integrada por Clarín y Techint -las dos más grandes empresas concentradas y quienes dirigen la asociación de multinacionales AEA, fundadora del legislativo Grupo Aea-. Un pequeño detalle tése de no saber a quién le regaló la licitación, tratándose de la boleta que quiso imponer al país tras salir cuarto y a 40 puntos del primero en las primarias.
Hoy, Binner, se engolosina con su verba precaria de conceptos acotados en la repetición hartante de apelaciones al diálogo. Muy lindo todo, señor Gobernador. Pero. ¿No fue acaso el gobierno de De La Rúa -del cual Hermes Binner no fue vicepresidente porque, a contramano de sus deseos y ambiciones, lo traicionó Chacho Álvarez- el máximo exponente del diálogo, el consenso, la pluralidad y el "gobierno de todos"? Da pena repasar los nombres del elenco de gobierno de la Alianza Progresista entre la UCR, el socialismo y Chacho Álvarez, pero basta con consignar que en cada área de gobierno se puso al representante que la corporación predominante en el área pretendía. Y basta recordar que De La Rúa llamó reiteradas veces a un gobierno de unidad nacional -incluso mientras asesinaba decenas de argentinos- y que tuvo excelentes relaciones con el entonces gobernador de Buenos Aires, Carlos Ruckauf, con el ex presidente Menem, con los senadores opositores, y en general con casi todos los partidos políticos importantes de entonces. Lástima que esa apelación sonsa -cínica, nada ingenua- al "diálogo" derivó en el que se vayan todos.
Si la disputa política se enmarca en un poliedro- no digamos polígono, ya que la política es la guerra por otros medios- una diagonal es el segmento que une dos vértices no consecutivos. La línea discursiva, trazada para idear una diagonal, en torno al "diálogo" pretende que es el punto justo de dos visiones antagónicas. Lo mismo pretendía, con ansias despolitizadoras, el gabinete que De La Rua presentó a la sociedad apenas asumir:
Rodolfo Terragno (jefe de Gabinete), Graciela Fernández Meijide (Acción Social), Juan José Llach (Educación), Federico Storani (Interior), Adalberto Rodríguez Giavarini (Cancillería), Gallo (Infraestructura), López Murphy (Defensa), José Luis Machinea (Economía), Alberto Flamarique (Trabajo), Ricardo Gil Lavedra (Justicia), Héctor Lombardo (Salud), y Jorge de la Rúa (secretario de la Presidencia) expresaban tanto a la corporación política dialoguista y consensual -el término no es peyorativo, aunque bien vale un repaso autocrítico de esos cantos de sirena- cuanto a las corporaciones más concentradas en la economía y la ecuación política, traducida en pluralidad, tanto de la Alianza gobernante cuanto de negociar con el peronismo en la variante noventista y los Gordos de la CGT.
Un esquema que buscaba incorporar el conflicto principal al interior de las clases dominantes, que en la agrietada convertibilidad comenzaban a disgregarse en devaluacionistas versus dolarizadores. El gobierno del diálogo y el consenso fue entendido por las corporaciones monopólicas de la comunicación como el punto óptimo de la administración, y cuando se cayó a pedazos, sólo atinaron a adjudicar a De La Rúa una brutal incapacidad que nunca se manifestó en los hechos: cada reclamo de los sectores concentrados de la economía y los organismos financieros fue puntualmente atendido, sea con decretazos o con coimas, sea con asesinatos o ajustes salvajes.
La ecuación social que estaba ausente en el mundo bonito en que viven los dialogadores consensuales hoy se muestra, bajo el signo K, como el garante de la gobernabilidad. En la isla de la fantasía siempre están anunciando a los gritos el fin del "veranito económico", como expresión de deseos de lo que en el fondo se analiza como una anomalía en la larga curva de dominio político de los capitales concentrados.
Lo que falta es el registro de una época concluida y el comienzo de otra. Diálogo, sí, pero institucional y a puertas abiertas, no como en las reuniones secretas de Menem con De La Rúa o en el Pacto de Olivos o en los acuerdos espurios en el Congreso para sostener el aberrante interinato de Duhalde.
Ese es el registro que la sociedad entendió y que el Grupo Aea, por mera conveniencia, se niega a explicarle a la dirigencia política que de tan servil, ya hasta causa vergüenza. Probablemente, este mismo análisis carezca de validez tras las elecciones de octubre, y emerja una derecha que, a diferencia de los balbuceantes, respete la autonomía de la política con lo cual respetarán, pero en serio y no por boca de ganso o de AEA, la división de poderes, las instituciones y la república. Ojalá.
Fuente: Diario Registrado