Por Lorenzo Pepe (Presidente del Instituto Histórico Nac. Juan D. Perón)Mi familia era una familia tipo, una familia como otras tantas que habitaban la República Argentina. Nuestro país acababa de atravesar la Década Infame y la pobreza era moneda corriente, una pobreza sobrellevada con dignidad, pero con poco espacio para la ilusión.
En casa nos congregábamos en torno a la radio. Desde hacía poco más de dos años, la voz de un coronel llenaba de emociones la sobremesa familiar. Esa voz nos hablaba claramente y nos decía que podía ser real aquello que era, hasta entonces, un sentido anhelo. Era la voz de Juan Domingo Perón.
El coronel me conmovía. Su voz inconfundible inundaba la sala. Todavía me parece ver la señal luminosa del receptor, así, fijamente, suspendiendo el tiempo. Si el impacto era fuerte en mí, lo era aún más contundente en mi padre. El viejo Lorenzo era militante socialista y escuchaba con asombro y perplejidad las palabras de ese coronel, al punto que podía reconocerlas como propias. Llegaban a mi hogar, y a todos los hogares de la Patria, los conceptos básicos de Justicia Social: igual remuneración a igual trabajo, el peón rural tiene derecho al salario, igualdad para todos ante la ley y ante las oportunidades… Otras veces, el mensaje nos conminaba a conseguir esa Justicia Social y nos decía cómo hacerlo: “Trabajadores, únanse –repetía la voz del coronel con su acento arenoso–, sindicalícense”. Era un mensaje conmovedor que nos mostraba un camino, abría una puerta hacia la esperanza.
En octubre de 1945 yo tenía 14 años y ya calzaba los pantalones largos. Pese a ello, el viejo Lorenzo no había perdido la costumbre de tomarme de la mano. Ese día lo hizo de un modo particular. El 17 de Octubre, el viejo Lorenzo me pidió que lo acompañara. Esto es una forma de decir porque, la verdad es que me dijo: “Dame la mano”, y me llevó con él. Nos fuimos juntos, temprano, hacia la Plaza de Mayo, para pedir la libertad del coronel Perón.
En aquel tiempo, ir al centro era toda una travesía. El trayecto se hacía en contadas ocasiones, pero ese día una multitud decidió emprenderlo. Yo fui parte de esos miles que, silenciosamente, escribieron una página que se transformaría en bisagra de nuestra historia.
Llegamos a la Plaza de Mayo como pudimos, como tantos otros que abrían, sin saberlo, un nuevo camino a fuerza de ampollas en los pies, viajando en “chatas” o cruzando a nado el Riachuelo, ya que los puentes habían sido levantados para frenar la movilización.
Fueron llegando los ferroviarios con sus mamelucos impregnados de olor a grasa de los talleres, los oficinistas de palidez sorprendida y marcas de papel carbónico en los manos, los obreros de los frigoríficos con las huellas de la faena, los de la construcción con las grietas del material surcándoles la piel, los de la industria textil, los madereros…, todos fuimos uno.
Un solo grito, un solo sentimiento, un solo anhelo, un solo sueño… todo encarnado en ese hombre al que queríamos libre.
Entrada la noche, la voz que conocíamos de la radio se transformó en un punto en la distancia, un punto que creció con cada grito, que se hizo figura inmensa para abrazarnos. La voz de la radio estaba frente a nosotros. Lo habíamos conseguido, el coronel Perón era libre de nuevo y lo más valioso de todo era que sus palabras seguían siendo las mismas. Lo mejor de todo es que le habíamos hecho caso: los trabajadores de la Patria nos habíamos unido y el sueño empezaba a tener sustento real.
Aquel 17 de Octubre permanecerá, indefinidamente, en la memoria del pueblo argentino, porque fue la gesta de miles y miles de hombres y mujeres de todos los estratos sociales, que con sus delantales, mamelucos, gorras, overoles o camisas y corbatas, habían reclamado, ante el gobierno, la libertad de Juan Perón.
Lo recuerdo y veo a mi padre, uno más en la multitud, con el grito liberado del cuello y volando a los cuatro vientos, llorando de emoción, abrazándome con fuerza, con su certeza de que una vida más justa comenzaba a gestarse para nosotros.
La mayor explosión de alegría fue cerca de la medianoche, cuando pudimos comprobar que Juan Perón estaba libre y nos hablaba, nos hablaba a nosotros. Esa fue la primera vez que lo vi en el histórico balcón de la Casa Rosada, al que regresaría en tantos otros momentos de la vida.
Hasta ese momento, los trabajadores habíamos sido víctimas de la explotación, del oprobio, de una serie de humillaciones y de atropellos por parte de los sectores que detentaban el poder. Esa noche, todos los que estuvimos en la plaza, todos los que siguieron las alternativas desde sus hogares, hombres y mujeres, grandes y chicos, empleados y obreros, sectores bajos y medios de la sociedad, todos, supimos que era una inflexión en nuestras vidas, un punto de quiebre en la historia de la Argentina.
Tuvimos la suerte histórica de ser los descamisados de Juan y Eva Perón y la suerte de ver nacer este gran movimiento histórico, el peronismo, en ese día glorioso, ese 17 de Octubre de 1945.
Hoy, a más de medio siglo de ese 17, me uno a todos los compañeros en un grito emocionado: ¡Viva Perón!
Fragmento de Lorenzo A. Pepe, testimonio de una vida militante.
Fuente: Tiempo Argentino